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*Traducción de la Prof. Maria Julieta Tiribocchi

Arribo a Francia de cuatro salvajes

Charrúas en el Bergantiín Francés

"Phaeton" de Saint Malo (*)

El Gobierno de la República Oriental del URUGUAY (Capital: Montevideo, América del Sur), ha autorizado el transporte a Francia de cuatro salvajes prisioneros, de la tribu de Indios CHARRUAS, recientemente exterminada.

Proponiéndose los conductores de éstos Indios ofrecerlos a la curiosidad pública, se han creído en el deber de publicar una Noticia histórica sobre los indigenas de esta parte del mundo, y, en particular, sobre la tribu de los CHARRUAS.

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IMPRENTA DE HIPOLITO TILLIARD

Calle de La Harpe, Nº 88

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NOTICIA ACERCA DE LOS INDIGENAS DE LA AMERICA DEL SUR Y,

EN PARTICULAR SOBRE LA TRIBU DE LOS INDIOS CHARRUAS.

Los indígenas de la América Meridional se llaman comúnmente Indios; se dividen en tribus o castas que llevan diferentes nombres, y se distinguen , en lo físico y en lo moral por formas y costumbres particulares a cada una de ellas. Estos antiguos dueños del continente americano tienen en general la tez de color marrón oscura, más o menos roja cobriza, según las latitudes; sus cabellos son negros y lacios; no tienen nada o casi nada de barba, sea por naturaleza en algunos, sea por la costumbre de depilársela en otros; su cabeza es de ordinario más ancha en la parte inferior que en la superior, y su cara aplanada. La estatura es de mediana proporción, pero sus músculos son muy salientes y revelan una grán fuerza física. Son ágiles, hábiles, diestros jinetes e intrépidos/domadores de caballos salvajes; muy robustosy bastante ingeniosos, pero excesivamente perezosos, pérfidos, vengativosy muy crueles. Algunas tribus son todavía antropófagas, aunque la horrible costumbre de alimentarse con carne humana haya desaparecido de muchos lugares dónde era habitual en otras épocas.

Como consecuencia de las frecuentes luchas con los Cristianos, muchos se proveyeron de sables y algunas armas de fuego, pero las usan poco, sirviéndose de preferencia de la lanza y de las flechas. Están tan acostumbrados a combatir a caballo, que se encuentran absolutamente incapacitados para el ataque o la defensa, cuándo por casualidad, se hallan privados de ese poderoso auxiliar. En sus incursiones por las tierras habitadas por los criollos, aparecen súbitamente cuando menos se les espera, y durante las noches claras de luna , roban ganado, mujeres, y niños, y matan despiadadamente a todos los hombres que caen en su poder, y, cargados con su botín, desaparecen con la misma rápidez con que se hicieron presentes.

Sus jefes se llaman CACIQUES; gozan de poder absoluto y del derecho de vida y muerte sobre todos los individuos sometidos a su autoridad. Después les siguen los JEFES de GUERRA, y el resto se confunde en una sola clase.

La idolatría es el culto de algunos de éstos salvajes, que siempre/tienen uno(si se exceptúan, sin embargo las tribus de las misiones, que dicen estar convertidas al cristianismo por los jesuítas, pero en las cuales toda la instrucción religiosa consiste en saber hacer la señal de la cruz y arrodillarse, sin agregar ninguna especie de idea a estos signos exteriores de devoción). Algunos reconocen la existencia de un espíritu superior al cuál rinden homenaje; la mayoría siente gran respeto por los ancianos y, en sus funerales, cumplen algunas ceremonias piadosas. Hay tribus cuyos individuos se pintan el cuerpo de diversos colores; en otras, se hacen incisiones profundas en las carnes, en ciertas épocas del año, y las cicatrices resultantes son consideradas como testimonios de honor. Sus mujeres no están desprovistas de atractivos; se ha visto a más de un europeo rendirles homenaje, a pesar del mal olor que exhalan y de su excesiva desprolijidad.

La mayor parte de estas hordas errantes, podrían ser comparadas con los Arabes de los desiertos de Africa y de Asia; pasan, como los Beduinos, una parte de su vida a caballo, si tener, por este animal los cuidados y el afecto que le prodigan a aquellos con quiénes le comparamos. Se alimentan, como éstos, casi únicamente de carne y son muy sobrios en su vida habitual. Los Indios pueden soportar con resignación las más grandes privaciones: se les ha visto pasar sin co/mer durante cuatro días, recorrer más de cien leguas y devorar después un novillo o una vaca entera, entre cuatro o cinco individuos.

Cuando se libran a algún exceso, lo que ocurre cada vez que pueden procurarse licores fuertes, nada es más horriblemente repugnante que sus extravagancias y las atrocidades que cometen cuándo el más ligero pretexto excita su cólera. Gustan mucho también del tabaco y de todas las costumbres de los pueblos civilizados, aunque a menudo no puedan o no sepan servirse de ellas.

 El robo es un hábito en estos indios, y su rapacidad se explica por la imposibilidad de sustraerse al deseo de adueñarse de lo ajeno.

El espíritu de venganza es característico en estas gentes; recuerdan todo lo que la tradición les ha enseñado acerca de lo que tuvieron que sufrir sus antepasados por culpa de los primeros conquistadores de América, y se creen obligados a vengar los ultrajes recibidos por sus padres. Apenas un indio joven llega a la edad de la razón, sus padres le cuentan la historia de la conquista y las atrocidades cometidas por los Españoles. De este modo, le inculcan el ansia de la VENGANZA, y ésta es última palabra que oye de boca de su padre a la hora de la muerte.

Muchas de estas tribus viven actualmente en bastante buena armonia con los criollos que las rodean; in embargo, no se puede fiar mucho de sus apariencias pacíficas que, muy/a menudo, no son dictadas sino por la imposibilidad de seguir sus instintos.

La tribu de los CHARRUAS que vivía entre los ríos Uruguay, Ibicuí y Negro, casi enteramente destruída en el transcurso del año 1832 por el general don Fructuoso Rivera, Presidente de la República Oriental, había conservado hasta esos últimos tiempos, toda su ferocidad primitiva. Estos salvajes jamás pudieron soportar el yugo de la civilización, aún en el más bajo grado, y cada vez que vislumbraron alguna probabilidad de éxito, se precipitaron como bestias feroces sobre los pacíficos habitantes de los campos, procediendo a sangre y fuego, y sin perdonar siquiera la vida de las mujeres y de los niños. Ante la imposibilidad de vivir en paz con estos terribles vecinos, asentados con sus tiendas en las costas del Río Negro, frustrados los medios de dulzura empleados para pacificarlos, el Presidente Rivera resolvió hacerles una guerra a muerte, y después de una campaña de algunos meses logró su propósito de desembarazar el país de la presencia de estos indios. La mayor parte de ellos perecieron en los combates, y los pocos que quedaron fueron obligados huir lejos, a los desiertos, por lo que no era probable que pudieran salir en mucho tiempo. Una docena de hombres y mujeres escapados de la muerte como por milagro, fueron apresados. Entre ellos, se/distinguieron dos caciques, guerreros temibles, que llenaron su existencia con una serie de matanzas y de actos de ferocidad sublevante. Les hemos oído a cada uno de ellos, jactarse de haber dado muerte a varios centenares de Criollos, ya en los combates, ya en sus incursiones en predios aislados. Las mujeres de estos indígenas no desmienten la raza sanguinaria a que pertenecen, pues, aún cuando no han tomado parte activa en las acciones guerreras en razón de los cuidados que debieron prestar a sus hijos y a sus ganados, han tenido su compensación haciendo sufrir a los desdichados prisioneros las más atroces torturas. Son, por otra parte, tan poco sensibles al dolor físico, que ellas mismas se amputan falanges de los dedos, en señal de duelo por la muerte de sus parientes próximos; también se hacen deliberadamente incisiones en las carnes. Hemos visto mujeres con el cuerpo cubierto de cicatrices provocadas por estos singulares pasatiempos.

Los cautivos a que nos referimos, separados para siempre de su horda destruída o dispersa, encerrados en una fortaleza, se asemejan al tigre al que se le han arrancado los dientes y se le han cortado las garras; privado así de todos los medios de dañar, quedando sumidos en una triste apatía que se tomaría por resignación; pero esta dulzura aparente, habría dado lugar/a un furortremendo, si, devueltos a las soledades del desierto, recobraran la posibilidad de liberarse a todas las inspiraciones de su instinto sanguinario.

Los Charrúas tienen la tez de color rojo cobrizo; la cabeza casi redonda; ojos pequeños, pero vivos y brillantes; piernas fuertes y algo arqueadas, que indican la costumbre de andar a caballo; en lo demás, su fisico difiere poco del de las otras tribus, salvo en lo que se refiere a la barba y el bigote. La barba forma una maraña puntiaguda en la extremidd del mentón; los bigotes son de un pelo ralo y muy rudo que aumenta el aire de dureza de su fisonomía. Su destreza para domar caballos salvajes es increíble; no se sirven de montura, ni de freno, ni de espuela; sólo se valen de una correa de cuero trenzada que pasan por la boca del caballo. Sus armas son: la lanza, la flecha, la honda, el lazo y las boleadoras(Los limites de esta Noticia no nos permiten dar una descripción de estos dos últimos objetos pero se les verá en la exposición, así como las armas, vestimentas y utensilios que usan los indios). Su vestimenta consiste en un trozo de cuero o de piel de bestias feroces; a veces, también de un trozo de género grosero, que ciñen a la cintura y en una especie de capa o abrigo de los mismos materiales, con lo que se cubren los hombros, teniendo cuidado de colocar el pelo por debajo; la parte superior de esta capa que ellos llaman/QUILLAPI, está pintada de ordinario, con colores chillones que forman dibujos bastantes regulares, pero de un gusto algo extravagante. La otra parte del vestido se llama CHILIPA(Chiripá).

Con excepción de los hierros para las lanzas que los Charrúas reciben a cambio de cueros o de sus pieles, ellos mismos fabrican las partes de su armamento y de su vestimenta. Es de hacer notar, que en esta forma suplen eficazmente sus carencias de sustancias animales. El hierro de las lanzas se halla asegurado a la extremidad de la madera por tendones de buey; el de las flechas , por tripas de avestruz, y todos sus lazos y cuerdas son de cuero trenzado. Los naipes de que se sirven son de cuero de yegua. Cuando les faltan colores par pintar sus QUILLAPIS o sus naipes, los reemplazan con la sangre y la hiel de los animales, y con algunas tierras coloreadas que se producen en las montañas.

Su alimentación habitual es la carne de vacuno o avestruz, cocida a medias sobre las brasas; gustan mucho de los licores fuertes, particularmente del que se extrae de la caña de azúcar macerada y fermentada, así como la infusión de yerba mate (o té americano). Habitan bajo tiendas de cuero llamadas TOLDOS, que trasladan cada vez que sus ganados han consumido la hierba de las pasturas donde se habían establecido, viviendo así, errantes, en las vastas sole/dades de América meridional, como los animales carnívoros con los que tienen tanta similitud.

El Gobierno de la República Oriental del Uruguay autorizó, por decreto especial, la extradición de algunos individuos de esta tribu de salvajes, los que han contraído la obligación de quedar en Francia a la disposición de sus conductores durante un tiempo determinado; se han elegido cuatro sujetos, tres hombres y una mujer, que serán exhibidos a la curiosidad pública de inmediato.

El primero es el cacique VAIMACA, apodado PERU, que en 1814 pasó voluntariamente al servicio de ARTIGAS, con un número considerable de sus guerreros, cuando este montaraz y sanguinario general levantó el estandarte de la rebelión contra el Gobierno constitucional de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Cuándo ARTIGAS, fue vencido y obligado a refugiarse en el Paraguay bajo la protección del famoso FRANCIA, Perú quedo abandonado. El General Rivera, que había tenido ocasión de notar en este individuo una gran valentía, lo dejó algún tiempo al lado de su Estado Mayor, y poco después le dió el comando de un cuerpo de indígenas de las Misiones, que se distinguió en la guerra sostenida por los bonaerenses contra el Brasil. Para la armada oriental no fué un espectáculo poco curioso ver al Charrúa Perú, a la cabeza de su/horda de salvajes, desnudos y montados en pelo y sin tenermás armas que sus terribles lanzas, cargar sobre los desconcertados batallones brasileños medio vencidos de antemano por el terror que les inspiraban estos formidables adversarios. En la paz de 1819, Perú se retiró con sus compañeros cerca de las costas del Ibicuí, donde se mantuvo inofensivo hasta la revolución de 1832, en la cual tomo parte activa en favor de los que querían derrocar la autoridad del Presidente. El coronel D. Bernabé Rivera, hermano del primer magistrado de la República Oriental, lo hizo prisionero y lo salvó de una muerte segura; herido por un terrible sablazo, Vaimaca iba a ser fusilado, cuando el Coronel Rivera, tan distinguido por su humanidad como por su bravura, lo tomó bajo su protección, lo mismo que algunos otros charrúas amenazados por la misma suerte, y los hizo conducir a la ciudadela de Montevideo.

Pero el infortunado Coronel Rivera fue mal recompensado por su generosidad: días después de esta acción, caído, y casi solo en medio de una partida de éstos mismos indios, fue masacrado despiadadamente. Cuando el Presidente vino a visitar la ciudad de Montevideo, después de haber terminado la guerra civil, y dolorido todavía por la muerte, hizo llamar a Perú con la intención de atravesarle el cuerpo con su espada, pero el cacique, previendo la suerte que le reservaba esta entrevista, supo esquivarla manteniéndose oculto. A partir de este momento, el Indio no respira/ más que venganza contra el General y dice que no cejará en su intento hasta no sacrificarlo a las manos de sus compatriotas.

El segundo Charrúa es SENAQUE, guerrero destacado por su valentía. Este se señala a veces por el arte de curar; felizmente su medicina es tan inocente como poco costosa, y no consiste sino en la aplicación de algunos tópicos compuestos de hierbas, para los casos de heridas o de lesiones exteriores, y en palabras y remilgos, cuando se trata de afecciones internas. Senaqué ha sido el constante y fiel compañero de Perú en todas las vicisitudes de su vida. Durante la guerra contra el Brasil, fue herido de un lanzazo en el pecho; su carácter es menos comunicativo que el de su jefe y no ha querido adaptarse a las costumbres criollas, ni aprender su idioma, mientras que Perú comprende y habla pasablemente el Español y el Portugués. Podrá responder a quienes lo interroguen en uno u otro de éstos dos idiomas.

El tercero de llama TACUABE. Nació de un Charrúa que se había instalado en la pequeña villa de Paysandú, sobre las riberas del Uruguay. Desde muy joven, educado entre los Gauchos(Este epíteto de Gaucho (pronúnciese GA_OU_CHO) se aplicaba anteriormente a los vagabundos que habitaban la Campaña, a expensas de los habitantes trabajadores: hoy se da indistintamente a todo el que vive fuera de las ciudades), se hizo/buen domador de caballos y adquirió tan extraordinario conocimiento práctico del terreno, que habría sido más difícil prederse conducido por él en medio de la noche, que por cualquier otro guía que lo hiciera en pleno día. Encantado de su habilidad, el General Rivera, lo tomó por su guía de confianza. Pero, no bien tuvo conocimiento Tacuabé del movimiento operado por los otros indios de su tribu, se escapó del Cuartel General y se reunió a los Charrúas a quienes ofreció importantes servicios. Apresado con el resto de los suyos, fue conducido encadenado a Montevideo, donde soportó los grillos hasta el día de su embarque para Europa. Se ha pretendido que en el momento de su huída, habría decidido asesinar al Presidente, y qu eesa era la causa de la extrema severidad desplegada para con él; pero nadie ha probado que este aserto fuese fundado. Aún mismo, fue desmentido por el Ministro con quién nosotros platicamos sobre este tema. Parece que, sólo el temor de verlo emplear contra los intereses del país el talento de que está dotado, habría motivado el aumento de precauciones tomadas contra él.

Por último, la mujer que acompaña a estos tres charrúas y que es de la misma tribu, se llama GUYUNUSA y  forma parte del último conjunto destruído por el General Rivera. Fue tomada prisionera con algunos de sus/compañeros en el momento en que lo fueron Perú y Senaqué. No hemos podido procurar ninguna información sobre lo que le atañe personalmente. Parece haberse unido al joven Tacuabé. Por lo demás estos indios no observan ninguna formalidad en sus uniones conyugales; cada uno toma y deja a su gusto a la mujer que ha elegido, y ésta no es muy escrupulosa en lo referente a las nuevas uniones que puede formar; en vista de ésto, la libertad mas ilimitada reina entre estos pueblos salvajes.

Luego de haber ofrecido a la curiosidad pública este muestrario de los antiguos poseedors de las Américas, sus introductores darán una idea de su habilidad en equitación y en los ejercicios que le son propios, como el lanzamiento del lazo y las boleadoras, etc. En seguida que hayan llegado a preparar los medios de ejecución de estas maniobras tan curiosas como extraordinarias. Se les verá entonces salir de esta apatía que parece ser uno de los rasgos más salientes de su carácter, y costará trabajo reconocer en el indio que alcanza a la carrera a un ciervo y a un corzo, maestro en el manejo de sus boleadoras, al mismo individuo que en otros momentos parece tocado de inmovilidad. Sobre todo, viéndolo enlazar novillos sueltos en un gran corral y voltearlos sobre la arena con la mayor facilidad, asombrará la destreza/de estos salvajes en el uso de arma tan peligrosa en sus manos.

Lazos y boleadoras han llegado a ser de uso tan general en la campaña americana, que un indígena no monta nunca sin estar provisto de ambos instrumentos. Por medio de las boleadoras fue apresado el General Paz, Comandante en jefe de la armada unitaria; fue boleado y hecho prisionero en medio de su escolta en el año 1830.

Para dar una idea de la vestimenta y equipo de los Gauchos, los Indios estarán siempre acompañados en sus ejercicios a caballo, por un joven Europeo, que ha vivido varios años entre los primeros y conoce todas sus costumbres; aparecerá vestido con la ropa de estos Criollos; y de esta manera se tendrá un cuadro tan exacto como es posible de todo lo que, en estos inmensos paises difiere en forma esencial de los hábitos Europeos.

Los periódicos indicarán continuamente el lugar en el que los Indios hayan establecido su toldo(o tienda), así como los días y horas durante los cuales el público será admitido a visitarlos.

FIN

THE NEW YORK

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